Si eres como yo, más de una vez has soñado con dejar todo botado: facultad, compromisos laborales, noviazgos largos y complicados, hacer un par de maletas, y road trippear a través de decenas de carreteras, con el volumen al máximo y el ipod como único invitado de honor. Ser uno con la música. Todo ese romanticismo neo-hippie. El común de los mortales lo considera, acto seguido piensa “a quién carajos estoy engañando”, y sigue con su vida como si nada.
Pero Chuck Klosterman no. Chuck Klosterman alquila un Ford Taurus a las afueras de New York (donde labura como redactor de la revista Spin), trepa 600 cds en el asiento trasero, dos ziplocks de faso en sus bolsillos, y emprende su camino al encuentro con la muerte. Klosterman va a escribir un artículo acerca del “after-life”, específicamente la muerte súbita- y siempre temprana- de leyendas musicales como Kurt Cobain, Elvis Presley y Jeff Buckley y otras que no lo son tanto: Mia Zapata (punk rocker, vocalista de la banda The Gits, que fue violada, golpeada y asesinada en Seattle), la banda Lynyrd Skynyrd (su avión cayó en picada en un terreno baldío en Magnolia, Missisipi, en 1977) y Robert Johnson (guitarrista y bluesero, cuenta la leyenda que hizo un pacto con el diablo en una intersección de la Highway 49).
Y en el medio, no solo cuenta un millón de anécdotas desconocidas acerca de los músicos que visita y comparte su minucioso conocimiento de la historia del rock and roll. Además, nos extiende una birra, nos sienta en el asiento del co-piloto y procede a sumergirnos en su mente y en miles de pensamientos sin ningún sentido, en donde divaga entre: las tres mujeres que ha amado a lo largo de su vida ( “escribo esto y me doy cuenta que TODA MI PUTA VIDA he estado enamorado”, reflexiona en un momento de brillantez); cómo cada una de ellas representa a un miembro de la banda KISS (él es Gene Simons, por supuesto), el día que descubrió que Kid A, de Radiohead, es la banda sonora del 9/11; las ventajas de ser un consumidor de marihuana en lugar de ser adicto a la cocaína; un recuento extenso sobre los veranos más bizarros de su vida; y un vaivén entre el Chuck de hoy y mini Chuck, el que creció jugando fútbol en North Dakota en el seno de una familia granjera y catolicísima.
La combinación perfecta entre humor yankee, diario de confesiones, conversaciones heart-to-heart, corazones rotos, descubrimientos absolutamente inútiles y, como trasfondo, una banda sonora espectacular, compuesta por todos aquellos que perecieron antes de hora y que al hacerlo, muchas veces, aseguraron su capacidad de vivir para siempre. El resultado: Killing Yourself to Live, un road-book, un diario de viaje, un planteo acerca de cómo la muerte trágica es un médium para convertirte en un ícono del rock, para siempre.

Lynrd Skynrd: su guitarrista, Steve Gaines y el vocalista, Ronnie Van Zant, murieron en un accidente aéreo.

Robert Johnson: vendió su alma al diablo, a cambio de convertirse en el mejor guitarrista de la historia. Murió envenenado a los 27 años.

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